April 19, 2010

Familias que han pagado la riqueza del narcotráfico

CUANDO UN MIEMBRO DEL HOGAR CAE EN LA DROGADICCIÓN AFECTA LA VIDA DE TODO SU ENTORNO
Los únicos que no se percatan del daño que se están haciendo a sí mismos y a los demás son los propios adictos.
Santo Domingo.- El corazón de la auyama sólo lo conoce el cuchillo. Como el sufrimiento de las madres por sus hijos perdidos en el consumo de drogas que lo viven ellas y algunos familiares y allegados porque las acciones del adicto son tan evidentes y a veces tan peligrosas que no se pueden esconder como el secreto mejor guardado.
Los únicos que no se percatan del daño que se están haciendo a sí mismos y a los demás son los propios adictos, que en su mundo sólo pueden ver lo que creen que solucionará sus problemas. Tampoco los que comercializan la droga parecen haberse dado cuenta de que su felicidad arruina la vida de los demás.
Estas tres familias que hoy dan a conocer el drama que han vivido son un ejemplo de que la venta de estupefacientes es, en muchos casos, más fuerte que la firme intención de unos padres de llevar a sus hijos por el buen camino.
Su hijo afectado intentó matarla
En la casa de doña Fifa la pared principal de la sala está llena de diplomas y certificados de cursos realizados por dos de sus hijos: el mayor y la menor.
El segundo hijo no está en las fotos familiares colocadas con esmero en las repisas; tampoco hay títulos universitarios de él ni rastros de su persona.
Esta señora de 65 años sólo conserva de su segundo vástago, Pedro, la angustia que le dejó hace 10 años cuando le tocó la puerta del baño diciéndole: “Ábreme, ábreme rápido”, y ella, pensando que tenía un apuro, aún desnuda y con el jabón untado en todo el cuerpo, atendió a su llamado, pero sintió que el mundo se estaba acabando.
Su segundo hijo, tan cariñoso que fue siempre con ella y a quien le había puesto todo el cuidado porque notaba que necesitaba de mayor atención, le estaba presionando la garganta, tapando la nariz y golpeando sin cesar contra la pared. Apenas podía hablar, el dolor de la piel era fuerte, pero más aún el pensar que su hijo se había vuelto loco.
“Más vale que yo le hubiera dado los cien pesos que me había pedido para que se fumara la bendita droga.   MAS

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