El avión llegó al aeropuerto de Las Américas a las 11:26 minutos de la noche. Ana Celis Estrada, de 35 años, bajó las escaleras de la nave, se chequeó en Migración y se dirigió a la sala de equipajes. Era la primera vez que venía a Santo Domingo, pero no lo sabía nadie de su familia, ni en Caracas ni en su pueblo de La Güiria, en el Estado de Sucre, donde había nacido.
Durante todo el viaje estuvo nerviosa, llena de miedo, pero lo disimulaba. En el área de equipajes, Ana Celis vio que una de sus maletas estaba abierta mientras rodaba por la espaciosa correa mecánica. Se puso más nerviosa y sintió miedo de retirarla, pues no sabía si la habían abierto los agentes de seguridad o algún desaprensivo de esos que roban cosas de los equipajes en los aeropuertos.
El vuelo había sido normal y su salida en la terminal Bolívar, de Caracas, fue cordial y afectuosa en el “counter” de la aerolínea y los demás puestos de revisión y chequeos. Todo estaba resultando como le dijeron las dos personas que la habían reclutado como “mula” para cargar cinco kilos de heroína desde Venezuela a la República Dominicana.
SerenidadEn la cárcel Najayo-Mujeres, donde cumple ocho años por tráfico de drogas, Ana Celis recuerda que cuando vio la maleta abierta trató de mantenerse serena. “Si los agentes antidrogas y de seguridad la abrieron, entonces saben que yo traigo cinco kilos de heroína, pero si no lo saben y dejo abandonada la maleta, entonces podrían pedirme cuenta los mafiosos dueños de la droga. Y esos sí que no perdonan”, cavilaba la mujer en medio de una gran indecisión.
Ella nunca supo que al llegar a Santo Domingo, los perros amaestrados de la Interpol y la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) olfatearon la heroína. Los agentes encontraron ocho kilos de heroína y no cinco como le dijeron los dos “amigos” que la contrataron para el viaje. Los oficiales antidrogas revisaron la droga y la dejaron intacta para esperar ocultos que el dueño retirara el equipaje. Por un descuido, dejaron una de las maletas abierta, lo que pudo alertar a la pasajera y permitirle escapar abandonando sus pertenencias.
“Miré a todos lados y no me percaté de nada extraño. Todo parecía normal. Entonces me decidí primero por recoger la segunda maleta, la que estaba cerrada, con sus cerrojos intactos. Algo me decía que me fuera con esa sola y que me olvidara de la otra, la que tenía los cinco kilos de heroína”.
“Me moría de miedo, me temblaban las piernas, me sudaban las manos y me saltaba en el corazón en el pecho. Pero en ese momento me dominé, traté de serenarme y me dije si lo saben no tengo nada que hacer, sencillamente voy a reconocer mi falta, decir la verdad no importa lo que pase. De todos modos, ellos no me obligaron, yo acepté porque tenía problemas económicos...”
!Qué buena noche!Me volvió la calma y llamé al maletero, cargó su carrito con mi equipaje y pasamos sin problemas el chequeo de Aduanas. Salí hasta la calle, sentí el aire húmedo y fresco de Santo Domingo, el aroma del mar y de la tierra seca. A lo lejos, ya casi a la media noche, oía un rumor lejano de olas, era el mismo mar Caribe que tantas veces admiré y disfruté en las costas del oriente de Venezuela. “No lo he vuelto a ver”, dice con un dejo de tristeza, sentada en la cafetería de la cárcel donde estamos conversando. “Nunca había venido a Santo Domingo y estaba tranquila, casi feliz, diría... Le di al taxista la dirección del hotel donde me hospedaría y me dijo: no es muy lejos, está en este lado de la ciudad, es un buen hotel, allí pasará una buena noche”.
“¡Pero qué buena noche!”, exclama Ana Celis. “Esa noche del 3 de septiembre del año 2006, cambiaría para siempre mi vida y la de su familia”, añade. De repente dos vehículos de color negro, con los vidrios tintados, se atravesaron en el camino, antes de que el taxi echara a andar hacíia la ciudad.
“No sé qué pensé en ese momento, me imaginé un asalto, un secuestro o la llegada de los dueños de la droga, no pensé que fueran policías o agentes antidrogas, porque todo había sido tan normal y salí del aeropuerto tranquila”.
Al taxi entraron cuatro hombres vestidos de negro y algunos con la cara tapada, llevaban armas largas y chalecos antibalas. La hicieron montar en otro auto y la llevaron hasta una “station” Ford Explorer. “Me subieron entonces a este vehículo, de cristales negros donde no se veía nada, espacioso y cómodo, allí parece que esperaba uno de los jefes de la DNCD o de la DEA, no sé”.
“Salieron conmigo para la ciudad. Llegamos a un lugar donde me dijeron que era la oficina DNCD. Me interrogaron y les dije toda la verdad, todo lo que sabía, menos el nombre real ni las direcciones de quienes me contrataron en Venezuela, porque en realidad no los conocía tanto como para saber eso, y además, delatar alguien así es pena de muerte”.
No avisó a la familiaAl día siguiente, a eso del mediodía, me llevaron a la corte de Santo Domingo Este y me encerraron en una pequeña cárcel hasta que me viera el juez. Allí estaba, llorando a horrores, mezclada con prostitutas, adictas, mujeres golpeadas en pleitos callejeros y homicidas. “¡Ay que será de mí, cómo le digo esto a mi familia!
“Estaba presa, y no sabía por cuanto tiempo. Esa era mi realidad. No sabía con quien hablar, no sabía qué hacer ni cómo avisarlo a mi familia. Estaba destrozada. Algunas amigas sabían que yo venía para Santo Domingo, pero no se imaginaban que yo venía a traer drogas”.MAS
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