October 10, 2010

Madre e hija unidas por el cáncer y la extrema pobreza

AMBAS FORMAN PARTE DE LA ENGROSADA LISTA DE DOMINICANOS QUE PADECEN ESTA ENFERMEDAD 


Néstor Medrano
nestor.medrano@listindiario.com
Santo Domingo
Fabio Antonio Vizcaíno, con diez años de edad, lo dijo con la naturalidad propia de los niños: “Quisiera estudiar medicina, ser un científico en el futuro y ahora... me gustaría ser Dios para salvar a mi mamá...”.
Fabio y su hermana Claribel Angelina, de 15 años, no soportan el dolor que sufre su madre, Ana Dolores Álvarez, que, devastada por un cáncer que se ha esparcido hacia sus pulmones, consume los últimos días de su vida acostada en un viejo sofá, en medio de la estrechez de un espacio reducido que hace de sala y con un tanquecito de oxígeno que le provee algo de vida... y cuyo costo han pagado por la bondad de los vecinos. Al cáncer se suma la pobreza que imposibilita la supervivencia y la interrogante: ¿en esas condiciones, qué ocurrirá con sus dos hijos cuando ella muera?
A Ana Dolores le diagnosticaron cáncer de mama en el 1998. Su pecho hace tiempo que no tiene senos, fueron amputados. Y en el 2009, el mal se esparció-con toda su voracidad maligna-hacia los pulmones. Su madre, Clara Peña, de 63 años, fue operada de las tiroides y también está enferma de un cáncer tipo uno, vencida por la pobreza, cuando mira a su hija y a sus nietos se derrama en llanto. Llora porque su hija sufre. Ana Dolores también llora acostada sobre el sofá que le sirve de cama, y todos sufren porque temen, y me lo dicen, hay una corriente de aire, algo que nos quiere poner a llorar a todos: al fotógrafo, al chofer del vehículo del periódico...a los hijos de la mujer que están ahí, a su lado: no sé si estaré aquí en Navidad, es la frase. A la tragedia se une otro eslabón de fatalidad interminable. Don Mariano Antonio Álvarez, de 75 años, esposo de doña Clara y el único proveedor que había en la casa-si se puede llamar así, ubicada en la Calle Central de Buenos Aires de Herrera- hace tres semanas salió con rumbo al dentista...no llegó, desde entonces está desaparecido. Así lo consignó la Policía Nacional, dos días después. En la salita, donde están el sofá que le sirve de una muy incómoda cama, con un rústico tanque de oxígeno, con un estantico que sostiene un televisor y una mesa de comedor, todo muy junto, en una vivienda con un solo cuarto, con un retrato familiar de Ana Dolores con sus hijos, no hay más hombres. El padre de los hijos abandonó a la madre, hace mucho tiempo.
Desviven en pobreza. Ana Dolores utiliza unas pastillas para el dolor incosteables. El tanquecito fue alquilado por ocho mil pesos, el pago del alquiler de la casita, mil quinientos. Las pastillas hay que comprarlas cada 18 días y la mujer-flagelada por un dolor insoportable que la martiriza, la tortura- debe consumirlas tres veces al día. Me mira con sus ojos grandes-tiene el brazo izquierdo muy inflamado-, me dice, llorando, habla llorando, el dolor no le permite hablar, o vivir de otra manera que no sea llorando, que anhela una camita, una simple camita de esas que se existen en las clínicas, y que si es posible sea reclinable...
La abuela, no habla de ella. A pesar de su cáncer tipo uno, su sufrimiento es de madre y de abuela y piensa en los nietos. Escuchar a su hija decir que necesita una camita, de esas camitas que hay en las clínicas, pero...de dónde van a sacar los chelitos para adquirirla, le parte el alma. Nos parte el alma... a todos. Viven por la caridad de los vecinos. ¿Quién se encargará de sus hijos? Fabio está en cuarto de primaria y Claribel en tercero de bachillerato. Fabio, sudado porque llegó de la calle. Eran las tres, casi las cuatro de la tarde, jugaba vitilla, me dice que quiere estudiar medicina, hacerse especialista en cáncer y que “solo quisiera ser Dios para poder salvarle la vida”.
“Yo no puedo...casi hablar, le agradecemos a la gente, los vecinos...lo que han hecho. Yo quiero una camita de clínica, que pueda subir y bajar el espaldar...”, dice la mujer.
Al hablar, la madre llora, no pudieron enfrentar la enfermedad debidamente, aunque mencionan que en el Hospital Oncológico Heriberto Pieter siempre procuraron brindarle la mejor de las asistencias.
“Pero un pobre no puede no puede sobrevivir a un cáncer. Hay muchos gastos. Mi hija era camarera, una muchacha muy alegre a la que todo el mundo quería”, vuelve a hablar la madre, tratando de controlar la irrupción de las lágrimas. De su enfermedad Ana Dolores expresa que después que le detectaron el cáncer de seno, intentó llevar todos los tratamientos, pero, era imposible poder costear los precios.
“Hay algunos médicos que han sido muy buenos, me han conseguido pastillas, me han ayudado en muchas cosas...pero ahora lo que tengo es mucho dolor, en todo el cuerpo”, subraya.
Ana Dolores habla, pero lo hace con voz temblorosa, entrecortada, casi inaudible. Su desahucio está mediatizado por la impotencia de sobrevivir sin recursos económicos, en medio de una pobreza creciente. Sin más apoyo que el poco que puede brindar la solidaridad.
Insiste en que quiere una cama en condiciones. El sofá donde gasta sus horas finales es un viejo mueble estrecho, ya deshilado, y la insistencia es por su existencia.
“Quiero una cama de clínica...”.  MAS LISTINDIARIO

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